

DESDE el punto de vista personal y emocional, el mayor riesgo del chat es la adicción que genera, especialmente en personas con problemas de integración social. El chatero empedernido termina por preferir el chat a las relaciones en la vida real, es capaz de dejar cualquier cosa para chatear, siente ansiedad si no puede hacerlo por el motivo que sea y ve degradarse su vida social o familiar. Los menores constituyen un grupo social especialmente vulnerable a ataques de pederastas y maníacos, ya que es fácil engañarles, por ejemplo, haciéndose pasar por responsable de una casa de juegos de ordenador que les invita en secreto, sin que sus padres lo sepan, a probar el último vídeo juego. Los hombres pueden hacerse pasar por mujeres, los adultos, por niños y los granujas, por gente honrada. Nadie conoce a nadie.

ATENDIENDO al punto de vista técnico, el chat constituye la vía más utilizada por hackers de poca monta y aprendices de brujo para entrar en ordenadores, para instalar virus troyanos o simplemente para divertirse y probarse su poderío tirando abajo el sistema de la pobre víctima mediante los famosos nukes. La privacidad puede verse igualmente amenazada, especialmente si se es tan ingenuo como para suministrar datos verdaderos y charlar con extraños sobre materias confidenciales. Dicen las estadísticas que una de cada cuatro personas que entra en un chat lo hace con fines malévolos y que nueve de cada 10 ciberromances terminan en chasco. Los canales de charla están poblados por gente normal, pero también abundan los delincuentes, estafadores, narcotraficantes, trastornados mentales y otras razas de noche. Si ya lo dijo Villalonga: los internautas españoles somos un hatajo de chateros y asociales.
Gonzalo Álvarez Marañón es ingeniero de Telecomunicaciones del CSIC.
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